03 marzo, 2012

COMER EN MADRID


¡Soy Alexandra! y ¡tres días llevo sin salir del baño!. Desde que dijo mi señora que probara el turrón de pasas, el de almendras, el de chocolate, el de fresa, las peladillas, el Capón relleno de setas y jamón, el champán, los polvorones y los pestiños. Me lo merezco por hacerla caso y por aprovecharme ahora que puedo.
Y es que en el país del que vengo sólo los he visto por la televisión. Mi estómago se está haciendo a los alimentos de aquí y sobre todo, sobre todo… a llenarlo. Menos mal que me cambié de casa.
Cuando llegué a España me puse a servir en casa de la Sra. Inés. Una señora que sólo dejaba comida para su hijo cuando se marchaba a volar y casi siempre volaba.  Aunque estando ella era igual. Deseaba que todos los días llegase su novio inglés que le cambiaba el carácter y de verdad era cuando pisábamos el supermercado.  Y claro, aunque me sonaran las tripas y aunque me matasen nunca le robaría la comida a un pobre niño. ¡Qué culpa tenía él!. ¡Ya tenía bastante con no conocer a su padre!.
Se quedó huérfano, de un señor piloto que por la foto del salón debía de ser bastante mayor, al que le dio un infarto antes de nacer él y vivía prácticamente también sin madre que la mayor parte del tiempo estaba en el aire.
¡Sólo me tenía a mí!. ¡Todo el santo día volando!. A demás yo por aquél entonces no sabía ni salir a la puerta de la esquina, sólo conocía la Iglesia, y mucho menos El Hipercor. Y aunque lo supiese no hubiese podido comprar nada. El párroco fue el que me habló de esa casa. Acababa de aterrizar en Madrid y lo primero que tenía que hacer era trabajar y ganar dinero.  Dinero para mí, para mi hija, para darle un futuro mejor y una infancia que yo no tuve y dinero para mandar a mis padres. La dejé con mi madre porque mi marido se fue con “otra” cuando tenía tan sólo dos años. Ah, y también dinero para pagar los mil quinientos dólares que pedí prestados a una Agencia con los que compré el pasaje.
Nos bajábamos a la piscina y al patio con los niños todos los días después de “listar las cosas de la casa”. La plancha procuraba hacerla en el rato de la siesta. Mientras Nachete dormía.
Todas lo sabían, y subsistía gracias a las otras “chicas”. Cada una me bajaba lo que podía. Vasos de gazpacho, frutas y restos de ensaladilla. Cosas que yo jamás había comido antes.  Aunque del país de donde vengo tenemos algo que se parece mucho a la ensaladilla, pero le ponemos piña.  Mientras que Nachete permanecía en el carrito tranquilito yo lo devoraba todo. Me chupaba los dedos, y hasta el envoltorio.  Eran buenas chicas porque aunque no tuviesen, ninguna, una jefa como la mía y a ninguna le sobrara, sobre todo a lo que se enfrentaban eran a sí mismas, a saber compartir en la vida.
Durante el resto del día, me acompañaba un saco de ruidos que me provocaba muchos dolores y trastornos, y que yo procuraba aliviar bebiendo mucha agua, ¡que tengo que reconocer que aquí es muy buena!, algo de leche y algunos pedazos de pan que recogía de las basuras cuando el portero de la finca no me veía. 
Así pude aguantar bastantes meses. Creo que supe que lo haría en el instante que conseguí mandar dinero a casa por primera vez y saber que al menos allí ya no faltaría el pan cada día.
Procuraba dejar algo para mí, para el Bono-Bus y para los macarrones, que guardaba entre mis sábanas y que me hacía a escondidas cuando estaba la señora.
Compraba por kilos, porque era barato y me llenaba la barriga. Hasta el día que metí la pata y quemé su blusa de seda. No sabía que debía bajar la temperatura y los chillidos se oyeron hasta en la Castellana, aunque sólo fuese un piquito de la manga.  
Lloré mucho ese día y las semanas siguientes. Quería irme de allí en seguida, aunque me diese mucha pena de Nachete. Ese día me bajé al locutorio y hablé un buen rato con mi madre. Le conté todo lo que me estaba pasando como si le estuviese leyendo el Diario. Ahora hablo mejor, pero al principio no podía ni entenderme bien con la gente. Me decían que no hablaba español. Desahogarme me sentó bien, y de esa forma llegué a aguantar unos meses más. Pasaron las Navidades y volvió a mejorar despacio el tiempo.  Fue entonces cuando abrieron de nuevo la piscina y cuando Doña Clara habló conmigo. Me preguntó si conocía a alguien que quisiese trabajar en su casa cuando naciera su hijo. Le miré fijamente a la barriga y le contesté que yo lo haría. Que había llegado el momento para mí de un cambio.
Dejé a Nachete ya andando y al Diario debajo del colchón con las prisas. Conseguí rescatarlo cuando hablé varias veces con la nueva chica. La Sra. Inés tardó mucho en encontrarla. Es polaca y entiende muy mal español. Ahora soy yo quien le baja cosas.

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